ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VIII
Capítulos I, II, III, IV, V, VI, VII
Una vez comprado el pasaje, los días se transforman en resacas.
Decidieron juntos que sea ella la que viaje así que las cartas están echadas.
La cuenta regresiva se hace eterna y la emoción deviene en ansiedad que se transforma en miedo que se transforma en arrepentimiento que retoma en emoción para ser tristeza.
Cuando pasa la marea y ella hace las maletas, todo parece tomar forma. Todo menos su ropa. Enfrentada a su placard ve todo viejo y usado. Con pocas expectativas pero decidida, sale a buscar lo que mejor le quede y, dado que nunca se han visto, elije meticulosamente lo que llevará.
Encontrar lo que le gusta le cuesta menos de lo que imaginaba así que termina rápido. Contenta y satisfecha se sienta en un bar a tomar un café e imaginar el encuentro. Ella llegando al aeropuerto después de 20 horas de viaje entre escalas y nubes, la emoción de retirar el equipaje, caminar hacia la puerta que se abre y buscar entre los rostros que se asoman un rostro igual de desconocido pero mil veces imaginado. El abrazo, finalmente el abrazo, el mundo que desaparece y el abrazo.
Camino a casa, cargada de bolsas, regalos y ganas, descubre en una esquina una tienda que no había ni siquiera considerado visitar.
- Buenos días, ¿puedo ayudarla?
- De hecho, sí. Gracias. No sé muy bien lo que estoy buscando.
- Vamos a ver. Es para una ocasión especial o necesita algo para hacer deportes, de uso diario, digamos.
- Estemmmmm…. Sí. Todo.
La paciente empleada le hace un ilustrativo tour entre las opciones y una de las cosas que descubre es que toda la vida ha estado usando una talla de corpiño equivocada. Entra al probador con 4 fantasías colgando del brazo. Se prueba la primera. Cuando se mira al espejo vistiendo el conjunto, redescubre el cuerpo que a veces olvida que tiene. El color queda en perfecta armonía con su bronceado incipiente, las esquinas de su cadera parecen haber sido hechas para llevar esa prenda y sus pechos se ven cómodos y naturales asomados por el balcón del encaje violeta.
- ¿Se da cuenta? Este es perfecto. Además, el encaje es muy sensual pero al mismo tiempo no traspasa el tejido de la ropa, por lo que es discreto. ¿Le gusta en este verde o prefiere el violeta?
- Sí. Los dos.
- Vale. ¿Le gustaría ver alguna prenda para dormir también?
¡Todo en lo que no había pensado! Por supuesto que necesitaba todo lo que la vestiría hasta que él la desvistiera. Quería todo nuevo y en sintonía con lo que se presentaba.
Ahora sí podía decir que su equipaje estaba completo.
La noche antes de viajar la pasaron juntos. Ella en su cama, él en la que pronto compartirían y, aunque no sabían cómo caminaba el otro, cómo se paraba o besaba, ni los sonidos que hacía cuando dormía o amaba, tenían una intimidad profunda que habían ido creando con el correr de los encuentros.
Llega la hora. Mientras termina de arreglarse y desayuna, él la mira por la cámara. Se despiden.
- La próxima vez que te vea será camino a mis brazos.
- Hace mucho que estoy camino a tus brazos.
- Si, pero mañana a esta hora finalmente serán tu pista de aterrizaje.
- Mañana, a esta hora, espero que la pista me lleve derecho del aeropuerto a tu cama.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VII
Capítulos I, II, III, IV, V, VI
Cuando el arrebato de él la dejó entre sus brazos y la pared, al contrario de lo que podría esperar, el miedo en vez de justificarse, se esfumó.
La cosa está clara. Él le dice que vuelva a esa tierra compartida. Ella piensa que no. Aún no. Volver a qué. No se conocen. Sólo se cruzan en trasnoches y mails. Pero esa noche de definiciones, el diálogo toma otra forma.
El sopor de la noche que tanto los abriga, la misma que hace que por unas horas habiten el mismo tiempo, los encuentra con las defensas agotadas y en ropa de cama. Tan cercano parece todo, tan definitivo y consistente que el acorralamiento toma situación.
Se construyen con las cosas que se han contado, con las imágenes que se han hecho del otro y con la fuerza irrefrenable de la fantasía.
La pared está cerca, la tiene en la espalda y el frío no respeta ensueños. Está tan próximo que lo huele y él se deja.
Resulta que su olor anula su cerebro y puede sentir, sin más. La piel suave, viva, caliente hace que sus prejuicios, uno por uno, vayan ardiendo.
Él, inteligente, aguanta estoico el tenerla tan próxima. Sabe que es crucial que sea ella la que avance.
Al tenerlo cerca, los ojos en pregunta, se acerca a uno de sus brazos, el que roza su oreja y se hace acariciar.
Su cara se escurre por el brazo en tobogán que la mantiene contra la pared. Sigue su ruta por el cuello, hasta llegar a la rotonda de su pera.
Los brazos tensos, al lado del cuerpo, se relajan. Una de las manos se levanta y toca apenas el costado del pantalón. Cuando llega al cinto, dobla hasta alcanzar la cintura. Se detiene en el valle donde se divide la espalda y encuentra que ese espacio es tan pronunciado como el huequito que se forma entre su nariz y el labio, y le encanta. A medida que los dedos suben, el cuerpo de él se va aflojando. Los brazos rígidos de a poco se vencen y la distancia cada vez existe menos.
La mano de ella ya está en la base de su cuello. Hasta ahora, las yemas han sido ojos. Sus palmas aún no lo conocen.
Todo movimiento está destinado a acortar la distancia. Si acerca su boca, estará medio centímetro más cerca. Si aplana su mano, otro medio. Si mete los dedos en su pelo, más cerca.
Ella lo examina como si estuviera descubriendo una criatura que nunca ha visto antes y besa lo que ha quedado a su alcance. Hay cambio de aires y la tensión deviene en beso como un preestreno de las cosas que van a suceder.
El color de su piel se confunde con la pared y por momentos su panza es esquina y su espalda, solapa, y con el nudo de ganas enredado entre las manos, los dos, se pierden.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VI
CAPÍTULOS
I, II, III, IV, V
La cosa se presenta inabarcable y le entra miedo. Miedo a repetirse, a la palabra fácil, la frase corta, el beso enano.
Le agarra el vértigo de lo que genera y miedo, más miedo a que la necesiten.
La primera vez que se alejaron de ella supo acompañar la decisión con lo mejor de sí, entrecortando el aliento y con sinceros deseos de prosperidad. Sin embargo, el tiempo le dió la razón, esa que cuando se olvida que la tiene, la pierde.
La intuición le ha sido dada. Sin embargo, nunca deja que sea su única guía, aunque ha podido aprender que siempre será su mejor compañera y que es distancia, a la larga, lo único que tiene.
El primero que se fue, le dio la vida. Desde chica lo vio ir y volver hasta que ya no volvió. Ella fue a su encuentro para descubrir que poco quedaba de eso que se fue borroneando con los kilómetros. Sin embargo, se abrió a la posibilidad de recuperar lo que alguna vez hubo y dibujar de nuevo, pero mal le fue en ese camino en el que no había retorno.
Está en un momento de libertad soñada y desea sentirse adulta en el mundo nuevo que se le presenta. La estabilidad es lo que más desea y volver a querer así le parece inabarcable.
Estuvo siempre disponible a los demás y abrazó con aventura las pasiones que generaba. Aunque de un tiempo a esta parte siente que la predisposición y el amor incondicional que siente hacia prácticamente todo lo que de indicios de vida, no es algo con lo que pueda continuar.
Le gusta, claro que le gusta, ser la que rescata corazones en pena. Se le da más que bien salvar vidas y recuperar almas, pero cada día se siente más cerca del lirismo que de la lira.
Es un gran peso para ese cuerpo transatlántico sentir que tanto depende de ella y este, tema lo que tema, se le presenta como un nuevo riesgo.
Lo piensa, lo imagina, hasta llega a sentir su lengua áspera de dedos amarillos descansando cerca de ella. Otra vez la almohada emula un cuerpo caliente entre la espalda y la pared.
Le gusta su tono, su boca, su nariz. Disfruta como pocas cosas su rutina y descripciones y quiere más imagenes para poder esbozarlo. No sabe su altura ni sus dimensiones pero sus hombros parecen delineado por una vara de madera y lo intuye resistente.
Él parece leer el pasado como restos de un banquete que otro disfrutó. Mientras, en el mar inagotable que parece cada día con su noche, se fuma las horas hasta hacerlas desaparecer.
Una vez la soñó estatua. Otra, porcelana. Varias veces desnuda, por partes. En primeros planos, despacio, a media luz.
Cuando la tiene cerca, que es cuando ella elige contarle cosas, él no escucha. Le interesa sólo disfrutar su presencia. A veces se impacienta con lo poco que tiene de ella pero es con poco, en realidad, con lo que se conforma.
Ella no quiere ser combustible de nadie. A veces fantasea con irse, de nuevo, a otro sitio donde nadie la necesite. Ser anónima y libre. Un organismo desafectado y autosuficiente.
Ante su resistencia, arrebatado, la agarra fuerte y, en algo que suena más a amenaza que a promesa, se lo dice. La sola idea de que cruce el mar por ella la estremece y sale corriendo con tan mala suerte que se tropieza y ahí queda, cinco horas tarde de su madrugada, a 10.000 kilómetros de su cama, a escasos metros de su oportunidad.
Arrinconada, él la fuerza a decidirse. La pared está cerca, la tiene en la espalda y el frio no respeta ensueños. Está tan próximo que lo huele. Él se deja.
Cigarrillo, calle, arrebato, fiebre componen su fragancia que se le mete dentro y la debilita y por primera vez, en todos sus encuentros, ella lo toca.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO V
Agradece el silencio de la noche.
Hace varios días que no se siente ella misma y esa noche es la primera que comparten sin los vapores del amor.
Con su humanidad a cuesta, sus ojeras y cavilaciones, se muestra tal cual. Aunque la ciclotimia no la caraceriza, hay días en que se le nublan los ojos y todo lo que se suele ver, desaparece.
Podría haberle dicho no, esta noche no pero sí. Él tranquilo, sentado a la mesa de su departamento que siempre parece sin terminar. Cajas con cosas, cubiertos aún empacados, valijas con ropa, olor a pintura. Ella en su cama. La misma pared, la misma luz artificial.
Le pregunta qué tal tu día. Recién llego. Tengo aún la campera puesta pero no te quería hacer esperar. Qué tal el tuyo. Largo y pesado.
Ella siente una gran atracción hacia esa criatura triste que parece haber encontrado algo especial en ella. No le cuesta creerlo, sin embargo. No es la primera vez que alguien se enamora a la distancia, sin remedio, adrenalínamente, desaforadamente, apabullantemente.
Las grandes demostraciones de amor no le afectan. Los grandes artilugios, en su experiencia, conllevan mayores desiluciones.
Recuerda a ese amante con el que soñó largos meses. Tanta espera, regocijos, caramelos para que a la hora del amor su mermelada se transformara en una jalea insulsa sin antes ni después. La irrelevancia le significaría la peor condena. Y eso le pasó. El amante esperado como entró, salió.
Ella está triste. Suele pasar. Uno se calma, el otro se agota. Cínica mecánica de las relaciones de a dos. Equilibrio cruel, envejecimiento prematuro.
Él quiere contarle tantas cosas. Que sus ojos son de agua de nuevo, que se sacudió las cenizas hechas chispas, de nuevo; que vio la mañana a la mañana y a la noche llegar pero no dice nada. Sería tan inapropiado contarle los opuestos. Tan desatinado mostrarle lo que ha hecho con ella dentro de sí y se pregunta si no será él el causante de tanta opacidad.
Su tristeza sobrepasa todo lo que él conoce de ella. No podría explicarle en las dos o tres horas que comparten por noche tan añejas penas. Él no entiende. Ella existe desde hace tan poco para él que no logra deducir lo que la precede.
Se conocieron un día insólito, cercano, en una coincidencia.
La plaza, con todas sus imagenes, se le vinieron encima. A él, desde la ventana del frente.
La plaza, con todas sus imagenes, se le vinieron encima. A ella, que alguna vez pasó por ahi cada día. Él miró la fuente seca en el mismo momento en el que ella soñaba, a diez mil kilómetros, que se mojaba en ese verde infancia, que metía los pies mientras veía el palacio iluminado y se cruzaron. Desde ese día comparten postales. Él le cuenta sobre la vida allá y ella escucha, imagina y extraña. Ella le comparte lo que recuerda y crecen las ganas de volver. A ver, a sentir cómo era en su lugar y a comprobar si todavía pertenece.
Tienen un trato implícito. Él habla. Ella procesa y crea. Él se desvela. Ella lo agarra de la mano, con sus cinco horas de diferencia, y lo quiere cada día más.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO IV
CAPÍTULOS
I, II, III
Fue rapado por curas, amado por donnas de los cuatro vientos y se resistió al amor hasta que el amor lo resistió a él.
Tuvo plumas azules y actitud punk y se rebeló contra toda norma impuesta en calidad de tradición. La edad despeinada pasó y encausó sus piernas, se puso traje y se lo sacó. Se dedicó a las leyes, con la ironía que guarda esta vida, cuando el pasado deviene en burla de lo que iremos a convertirnos. Hoy se sigue reconociendo un provocador y le gusta sentirse terrorista en las pequeñas cosas, inmolarse en cada caso, juicio o causa perdida.
Mientras piensa en contarle todas estas cosas a ella, se alegra. Su vida no es tan mala como creía hasta hace unos días.
Sin embargo, la grieta. La línea vertical entre los ojos que todo lo divide. La vista cansada, el rostro opaco, caído, rígido. Gajes del oficio, se dice. El día a día de su profesión es un punto de vista, leer el intersticio, buscar lo no dicho, la grieta de la jurisdicción. En su vida cotidiana se ha convertido en un hombre sin matices, práctico, rápido. Las sutilezas de la profesión quedan fuera y las dicotomías están cada vez más marcadas.
Recién ahora se da cuenta de todo lo que conlleva una profesión. Resistirse a usar traje es un acto chiquito relacionado a todos los que tendría que hacer para no seguirse transformando en esta persona.
Toda su vida caminó las mismas calles. Ama la ciudad, su ciudad, aun con la incoherencia y las avenidas cortadas, las quejas y olores, ahí pertenece. Pero ¿puede pertenecerse a un vapor somnoliento, a los mismos comentarios como si fueran nuevas desgracias? Puede pertenecerse a un plaza triste, una fuente vacía.
Ella escribe desde que tiene memoria. Apenas supo unir dos palabras juntas empezó. Escribir cuentos y hacer biscochuelos son las dos cosas que empezó a hacer ni bien pudo. A veces presiona el teclado y fantasea con que es un piano y las melodía se desprenden del contacto con las yemas sin esfuerzo.
Escribe durante el día, entre cosa y cosa porque la noche nunca ha sido su mejor compañera y menos ahora, cuando el verano se extingue indefectiblemente y llega la calma.
Aunque por estos días las palabras no le sirven. Las encuentra diminutas, insólitas, surreales. No por la magnitud inabarcable de su sentimiento ni por sentirse superior a forma convencional alguna, sino que no se encuentra en ellas, ni les encuentra utilidad.
Si pensaba hacer de ellas su herramienta de trabajo y ceñirse a sus reglas y estructuras, si alguna vez consideró tenerlas de amigas, hormiguitas útiles que transportaran lo que podría interesar a quien las leyera, por estos días no las tolera. Las siente ridículas, desfasadas, difusas.
Tiene la sensación de haber perdido uno de los cinco sentidos y quedarse sola frente a lo extirpado de golpe. Las palabras, malditas prostitutas. Al servicio de la traducción del escribiente de turno. Narran por igual, con mismas tesura y orden, los hechos más espantosos de los más sublimes.
¡Cómo hacerle a esta insolvencia! Sin palabras las cosas pierden sentido . Sobre todo él y todo lo que lo forma. Será ese país con su otro idioma lo que todo tergiversa y la hace sentir extraña a su lengua madre. O será el verano que se va, la luz que sube y no le llega a los pies, las marcas del sol que se borran y el sueño. El sueño, la piel seca, los ojos cansados y este invierno inminente que se acerca y ella, criatura de caribe, se sienta al teclado y aprieta. El sonido sin sentido mecánico y sin ritmo.
Y dónde el piano.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO III
El mundo se desmorona, estoy desvelado, ansioso, encendido y el mundo duerme.
En Asia cuando alguien tiene un secreto que quiere guardar celosamente, va hacia una montaña y busca un árbol fuerte con un hueco profundo al interior de su tronco. Se cerciora de que no haya ni personas ni otros árboles próximos, se acomoda, encierra su boca entre las manos, se acerca y una vez que los costados de las manos están en contacto con la madera, y boca y tronco están cercados, despacio y de una sola vez la persona susurra en voz clara el secreto. La voz se expande por las ramas, la savia, las hojas y cuando llega a los extremos y ve que no tiene salida, baja. Para ese momento la persona ya ha tapado el hueco con barro. Esto es importante: la tierra con la que se ha preparado el barro debe ser conocida por el árbol. De lo contrario, la voz secuestrada buscará salir, casi siempre por la copa y se esparcirá irrefrenable, por el bosque entero. Ahora, si la tierra es amiga de la madera, el aire que recorre al árbol, acostumbrado a entrar y salir a sus anchas, acariciando nervaduras y telarañas, no rechazará esa nueva voz que vive en él sino que la conducirá hacia un lugar seguro. De esta manera, el secreto formará parte de la tierra y quedará metabolizado para siempre, cual abono, a la naturaleza del árbol.
Por qué hoy esta historia me resuena tan profundo me pregunto. Mi desvelo ya no es secreto. Es cierto que comparto con cautela mis horas oscuras por pudor ya que el amor lejano e imaginario sólo tiene forma dentro mio. Ha sido criado por mí, con celo, hoy de eso me enorgullezco. Sin embargo, el humo de la impaciencia ya no forma su imagen y los rostros que no son vos tampoco alcanzan para disparar las fantasias. La urgencia me tiene cautivo en las noches cerradas y necesito más.
Te imagino libre, despierta después de haber sufrido, cruzando mares por elección propia para poder elegir, de veras, lo que tienes al costado. Ya no por costumbre, adaptación o descanso sino por haber empezado de cero y saberte feliz.
Te sé tranquila, durmiendo en paz, sin nada por cambiar ya que todo lo que tienes lo has elegido minuciosamente.
Te pienso descalza por tu parquet encerado, en remera larga, bombacha y cantando. Sé que cuando llegas de la calle te sacas la ropa, sacudes el pelo y dejas caer las nueces de la ciudad.
Que te gusta dormir y pintarte las uñas aunque tienes etapas. A veces sin nada, a veces rosadas, otras rojas y fucsias los días nublados.
Te sé bella, de la belleza que uno quiere poseer, aunque te se esquiva a la mínima posesión. Sé que en el amor te gusta más el juego que la solemnidad y que los malos modos y el olor a humo solo te interesan si vienen de la leña.
Estas todas, certezas incógnitas. Como mi nombre, mi verdadero nombre, el que sólo sabés vos, el que te dije ese día cuando encerré mi boca entre las manos, me acerqué y una vez que boca y boca estuvieron cercadas, despacio y de una sola vez te lo susurré.
Tengo la esperanza, como quien mira el cielo y espera que las estrellas se fundan en la luz del alba, de que al amanecer venceré.
A lo mejor ahí reside mi desvelo, mi espera y mi ruego
Nadie duerma
Nessun Dorma.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO II
Ella poco entiende de este universo tan ridículamente masculino, poblado de malas palabras, referencias a mujeres y sus cuerpos como si fueran elementos separados del mundo que él puebla, la marcada diferencia entre las mujeres que están fuera y las que están dentro de él. Posiblemente por las malas experiencias, a lo mejor por esa desgracia constante que es ser un hombre infeliz en la vida que ha elegido, sintiendo que es demasiado tarde para cambiar algo, para desestructurar tan añejas columnas que cada vez tienen menos que ver con él y más con el lazo sanguineo que tira hacia las mismas carreteras: Vieja atadura que ha perdido sentido y lo ha alejado irremediablemente de todo lo que lo relaciona al deber ser. Triste por haberse transformado en un lugar común, un personaje más dentro de un chiste, cuadrado y predecible.
Le cuenta que antes de entrar a su casa reconoce ese olor a morada escenográfica, a cigarrillo estancado, a libros de utilería.
Que anda desvelado por un amor impalpable que le recuerda a otras veces, lejanas, de otras vidas. Cuando estaba dentro de una Ópera y ella le cantaba al oido O Mio Bambino Caro, me piace è bello, bello. Que pasan los días y se siente extraño a su saco y corbata, sus avenidas cortadas, su fuente seca, su vida moderna. Que quiere cantar fuerte Babbo Pietá, Pietá!, que lo grave sea dramáticamente grave, desangrarse por un gran amor, entre rasos y capas y espadas y tormentos. Correr al encuentro, deshacerse en pasiones, batirse a duelo, ganar o perder, sentir que cada día es irrefrenable, que la fiebre le ha tomado el hígado, el pulso y sólo puede cambiar su hartazgo si nada lejos.
Ella lo mira cernirse a su gin primero, su ron después y escucha atenta dejándose llevar por los agudos estremecedores de su deseo y suspira.
El vaso se cae en cámara lenta, justo a tiempo para salir del bar antes de que cierren.
El frio es cruel conciencia de que es tarde, están en este mundo y el colectivo ya no pasa.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO I
DOS REGISTROS
Lascia ch'io pianga
Mia cruda sorte,
E che sospiri
la libertà!.
Il duolo infraga
Queste ritorte,
De' miei martiri
Sol per pietà.
mi cruel suerte,
y que suspire
por la libertad.
Que el dolor rompa
estas cadenas
de mis martirios
sólo por piedad.
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El pájaro ansioso se mira la cola
se siente
tombola
se enrosca
se inquieta implosiona
lo nutre
lo riega
y llora si llegan
luego jadea
desvela
añeja
si es lento es astuto
las alas son suyas no de alguien que espera
el vértigo aprieta
se cae la ceguera
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POTENCIAL
Te diría que hay un pájaro que nunca ubico por forma sino por nombre que invita a ver y a no volver. A acercarse para que él te vea, gesto pasivo a primera vista pero hermoso después.
Si fuera descocada, de esas a las que se le caen los consejos como pestañas en otoño, te diría ojo cuando pidas a alguien que se sirva de tus ideas como materia prima. No olvidar! El otro es otro y no la traducción de mi mismo.
Si fuera confianzuda llegaría a decirte que se requiere más coraje para llamarse cobarde que para serlo y que la escritura está más cerca de la constancia que de los cojones del autor.
Si fuera nostálgica te diría que en mi memoria la fuente del Paseo Sobremonte sufre severos cambios. A veces es estallido de colores y chorros fecundos con árboles altos, frondosos y alargados. El pasto es laguna por la que caminamos sin mojarnos y un ánimo de picnic salpica a los trajeados y el parque es infinito, benteveo y violáceo.
Otras veces es la sequedad desteñida de los días nublados, del verso fácil, del beso ensayado. Es lugar recóndito donde sólo los municipales van acompañados y peluqueros, doctores y abogados pasan sin mirar, merodeando el asfalto.
Si fuera memoriosa podría confesarte que a veces me olvido de la que era en mi país. De lo bien que se estaba, de lo mal que sentaban las vidas, las muertes. Que me olvido sin querer de los grises y medianos, de las otras versiones, que le creo a la prensa y que cambio de tema.
Podría incluso decirte que he llegado a la conclusión de que demasiado tiempo he estado fuera para entender lo que pasa dentro. Y que desde este lado del agua se siente un espacio que ensancha el cangrejo que mira al frente, siempre al frente, para atrás.
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