ARIA DEL DESVELADO CAPITULO X
Capítulos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX
Parece ser que ella volvió mitad derrumbada, mitad inalterable, de esa experiencia surrealista en la que decidió invertir su porción.
Parece que él se modificó, claro, cómo no se iba a modificar con tamaña travesía. Que puso un pie delante del otro por cada día que le siguió a su ausencia.
Él volvió al desvelo como quien vuelve a la zona conocida, por puro instinto.
El mismo síntoma, razones opuestas. El amor y el desamor al fin y al cabo eran lo mismo. O por lo menos se manifestaban en el mismo sarpullido. Su primer desvelo, ese que los llevó a encontrarse, al principio nada tenía que ver con ella, que rápidamente se transformó en excusa y causa. Su desvelo, éste, es todo ella.
Triste fracaso, otro más, en esta vida que suma años pero nada le deja.
Él arrastra los pies y repasa las fotografías mentales de aquel tiempo en que fueron un milagro, cuando vencieron el silencio que venían encubando.
Ahora, de tanto pensarla, no logra delinear su rostro, como si hubiera agotado el número de veces que le fueron concebidas para recordarla.
Piensa en las cruces que son las despedidas y siente que la vida se empeña en pararlo en una estación perpetua. Concluye si no será, en definitiva, la soledad el estado más perfecto del ser humano. La verdadera, la absoluta, la soledad del que no necesita nada, ni pájaros, ni un árbol, ni un cerro, ni muchos menos un amor que lo desvele.
No podemos decir que la cosa salió mal. Gracias a ellos la probabilidad se transformó en posibilidad y se esforzaron por cumplir la fantasía, pero los dos quedaron mareados, sin entender del todo el sentido de encontrarse y fracasar así, sin razón ni excusa.
Eso les queda, la nada absoluta de sentirse inadecuados sin saber por qué.
El amor y sus retorcijones se les hacen cuerpo definitivo. En qué momento, se preguntan, dejaron oxidar las articulaciones emocionales; en qué momento, le pregunta, pasaste de ser mi desvelo, a mi mal recuerdo. En qué momento, te pregunto, se modifica uno, se muere, lo otro, para devenir en esta cosa sin forma que es mi presente sin vos.
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I
Por qué la silla real es más consistente que la imaginaria, te pregunto.
Necesito martillar y que no tiemble el edificio. Entonces, apoyo el martillo sobre el estante imposible que no se sostiene en nada. Por qué temo que se desvanezca y me dañe, al pasar de largo, de mi deseo a mi regazo, cuando sólo puede romperse la silla real, la madera constante.
Esa es la única ventaja irrevocable de lo inexistente: ni perece ni desaparece.
Te imagino y no termina de encajar lo que sos con lo que necesito.
La solución: pensarte seguido y en cada pensamiento darte forma.
Una vez que pueda verte en persona como te siento en sueños, comenzarás a tomar sentido, momento exacto en el que elegiré quererte y moldear no tan de a poco, lo que soy para vos con lo que necesitas.
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GUARDA EL SECRETO
Cómo el comienzo
El morado del vino te define
El sexo que no tuviste que no te tuvo
El mar que ignoro
El celo entreabierto de tu boca teñida
sentirte cómodo en todos lados
decir boca dos veces boca
sentarte al lado y ver la cópula
sos el uno por qué el comienzo
Las yemas desgastadas de tu compañía
La gota de vino que pende de un labio
Espera el match point que defina su huida
el azar esquivo, magia divina
La parte mar del verbo amar
Intuir el agua en el vino tinto
Las uvas que fueron que son serán
Olvidar el comienzo por qué el comienzo
Guarda el secreto
mantén el silencio
guarda la promesa
por qué la promesa
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REBELIÓN
No vi la foto
Tiré el regalo que después quemé
Quemé la caja
Cerré la pieza
Hice una pared que después derribé
Rompí los muebles
quemé los restos
cerré la puerta y tiré la llave
Busqué las fotos
quemé el álbum
Borré el registro y no lloré
Cambié el primero por el segundo
borré el primero del DNI,
Vendí el auto
Cambió de nombre
Cambié el agua, gas y luz
Miré al perro que me regalaste
tiré de la cuerda y lo maté
Miré al gato, el que te gustaba
lo agarré del cuello y lo ahogué
Las rodillas gordas, el pie inclinado,
caderas bajas, pelo enrulado
de cada herencia, de cada gen,
miré al espejo y me despellejé.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO IX
Capítulos I, II, III, IV, V, VI, VII
El día que se hicieron realidad, ella llegó a la ciudad después de 18 horas de viaje, 6 de espera y varios meses de desvelo.
Salío de la sala impulsada por la impaciencia, cargada de las materias primas para cumplir todo lo que se habían prometido. Las luces, el aire artificial y el cansancio transatlántico desentonaban con él que la esperaba inquieto y perfecto. Ahí él y las nuevas dimensiones de las cosas.
Qué alivio cuando fue capaz de reconocerla en la multitud. Camino al aeropuerto le había entrado la sensación de que podría no reconocerla. Después de todo, nunca se habían visto. Podía ser más alta o incluso diminuta en relación a cómo la imaginaba. Pero cuando la vio salir de esa puerta mecánica, los ojos grandes, inquietos, lo supo: el invierno se había acabado. Qué alivio sentir cómo se levantaba la pesada prensa que estaba depositada en su pecho desde el día que empezó a quererla; Salir de la dieta austera y amarga de la espera, descubrir que se esperaban en igualdad de condiciones. Alivio de sacarse el sabor amargo de la boca al sentirla tan cercana, tan familia, tan alimento.
El primer abrazo fue eterno y voraz. Nos vimos con las manos hasta que articulamos las imágenes con la realidad. Los ojos ya habían cumplido su función y sus posibilidades hacía mucho se habían agotado. Era hora de saberse por otros medios. Y así lo hicimos. Cartógrafos del cuerpo del otro. Expertos de la geografía del otro.
Saciada la voracidad, llega el momento de la calma.
A la mañana siguiente la vida de él continúa y, burla del destino, tiene una serie de compromisos inamovibles que lo obligan a salir de casa temprano, sin hora de regreso. Ella, con el día por delante, se dispone a aterrizar. Estar en su ciudad de incógnito la hace sentir poderosa y libre, con todo el tiempo del mundo. Una vez desarmadas las valijas y absolutamente sola en esa casa ajena y tan conocida a la vez, la recorre tranquila. Se fija en los detalles nuevos que acusan su espera. Flores, cuadros colgados, libros acomodados, heladera llena y decide esperarlo con una sorpresa.
La mesa está servida.
Ella está inquieta. En una mano, la panera. En la otra, la expectativa.
Él aún no llega. Todo lo espera. La casa y ella.
Da una vuelta en sí misma para comprobar que esté todo listo. Busca que se note la casa en gala pero simple y fresca. Siente el ascensor que pasa y le traspiran las manos. Se las pasa por la falda del vestido y toma aire. Recuerda que no se pintó la boca, detalle trivial pero femenino. Después recuerda por qué no lo hizo.
Da unas vueltas más, el corazón que se le acelera y él que no llega.
Sus propios nervios le resultan ridículos y se pone de mal humor. Enciende un cigarrillo de los que trajo y se siente una caricatura de ella misma: arreglada después de haber preparado la casa, expectante para este hombre que no llega y al que le dedicó 10.000 Km., un cambio de destino y la cena más elaborada del mundo.
La libertad primera la siente desamparo y se empieza a angustiar. Desconoce el lugar, su ropa, a sí misma y teme que se venga lo conocido.
Ella se enamora de situaciones, primero atractivas, después cómodas, por último aburridas. Se ha convertido en adicta de su propia esencia y haría cualquier cosa por generar la adrenalina que se alimenta, primordialmente, de la ternura que genera en los otros. Ese combustible extinguible, perecedero y voraz surte un efecto tan embriagador, que ha perdido la capacidad de distinguir el momento en el que empieza a querer. Después del subidón, lo único que le queda es el espeso sonido del hueco sin fondo. Parecido a lo que siente ahora.
Cuando finalmente llega, la casa ya no brilla, ella está dormida y todo apesta a cigarrillo y angustia.
Para él verla así, dormida en esa cama completa, es un regalo que no desaprovecha. Se tiende al lado, se acerca lo más que puede hasta que se le nubla la visión y la contempla. Ella abre un ojo contrariada ante la situación y los significados opuestos que tiene para cada uno y le dice:
- Hoy era el día en que tenías que llegar temprano.
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METÁFISIS
A veces extraño amar a uno querer a cuatro
buscar sustento en la multiplicidad
ser diestra y siniestra en las matemáticas
ser conforme a la confortabilidad
El pecho caliente en la mano fresca,
amar al extraño
escribirle al mortal
sentirme entera en la sombra fría
la noche pequeña que camina detrás
Extraño ser blanco
no atardecer
las formas de llegar a un mismo lugar
Las cosas dadas, persuadir la arruga
la familia de objetos que nos hacen caminar
Extraño la certeza de lo que siento
la galera sin excusas
un poco de paz
matar los pájaros, desear el tiro
esperar al tiempo la herida plural
Sangrar la sangre, el cuero eterno
el brazo ausente la piel real
la seguridad del objeto que no retorna,
el despeine del viento, lo que vendrá
Extraño el otoño sudando en invierno
la marca el entierro el designo impar
trayendo la espera
el persigno el cuento,
el rezo diario que viene a confirmar
estamos solos
extrañando y solos
lo que se viene y lo que no será
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VIII
Capítulos I, II, III, IV, V, VI, VII
Una vez comprado el pasaje, los días se transforman en resacas.
Decidieron juntos que sea ella la que viaje así que las cartas están echadas.
La cuenta regresiva se hace eterna y la emoción deviene en ansiedad que se transforma en miedo que se transforma en arrepentimiento que retoma en emoción para ser tristeza.
Cuando pasa la marea y ella hace las maletas, todo parece tomar forma. Todo menos su ropa. Enfrentada a su placard ve todo viejo y usado. Con pocas expectativas pero decidida, sale a buscar lo que mejor le quede y, dado que nunca se han visto, elije meticulosamente lo que llevará.
Encontrar lo que le gusta le cuesta menos de lo que imaginaba así que termina rápido. Contenta y satisfecha se sienta en un bar a tomar un café e imaginar el encuentro. Ella llegando al aeropuerto después de 20 horas de viaje entre escalas y nubes, la emoción de retirar el equipaje, caminar hacia la puerta que se abre y buscar entre los rostros que se asoman un rostro igual de desconocido pero mil veces imaginado. El abrazo, finalmente el abrazo, el mundo que desaparece y el abrazo.
Camino a casa, cargada de bolsas, regalos y ganas, descubre en una esquina una tienda que no había ni siquiera considerado visitar.
- Buenos días, ¿puedo ayudarla?
- De hecho, sí. Gracias. No sé muy bien lo que estoy buscando.
- Vamos a ver. Es para una ocasión especial o necesita algo para hacer deportes, de uso diario, digamos.
- Estemmmmm…. Sí. Todo.
La paciente empleada le hace un ilustrativo tour entre las opciones y una de las cosas que descubre es que toda la vida ha estado usando una talla de corpiño equivocada. Entra al probador con 4 fantasías colgando del brazo. Se prueba la primera. Cuando se mira al espejo vistiendo el conjunto, redescubre el cuerpo que a veces olvida que tiene. El color queda en perfecta armonía con su bronceado incipiente, las esquinas de su cadera parecen haber sido hechas para llevar esa prenda y sus pechos se ven cómodos y naturales asomados por el balcón del encaje violeta.
- ¿Se da cuenta? Este es perfecto. Además, el encaje es muy sensual pero al mismo tiempo no traspasa el tejido de la ropa, por lo que es discreto. ¿Le gusta en este verde o prefiere el violeta?
- Sí. Los dos.
- Vale. ¿Le gustaría ver alguna prenda para dormir también?
¡Todo en lo que no había pensado! Por supuesto que necesitaba todo lo que la vestiría hasta que él la desvistiera. Quería todo nuevo y en sintonía con lo que se presentaba.
Ahora sí podía decir que su equipaje estaba completo.
La noche antes de viajar la pasaron juntos. Ella en su cama, él en la que pronto compartirían y, aunque no sabían cómo caminaba el otro, cómo se paraba o besaba, ni los sonidos que hacía cuando dormía o amaba, tenían una intimidad profunda que habían ido creando con el correr de los encuentros.
Llega la hora. Mientras termina de arreglarse y desayuna, él la mira por la cámara. Se despiden.
- La próxima vez que te vea será camino a mis brazos.
- Hace mucho que estoy camino a tus brazos.
- Si, pero mañana a esta hora finalmente serán tu pista de aterrizaje.
- Mañana, a esta hora, espero que la pista me lleve derecho del aeropuerto a tu cama.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VII
Capítulos I, II, III, IV, V, VI
Cuando el arrebato de él la dejó entre sus brazos y la pared, al contrario de lo que podría esperar, el miedo en vez de justificarse, se esfumó.
La cosa está clara. Él le dice que vuelva a esa tierra compartida. Ella piensa que no. Aún no. Volver a qué. No se conocen. Sólo se cruzan en trasnoches y mails. Pero esa noche de definiciones, el diálogo toma otra forma.
El sopor de la noche que tanto los abriga, la misma que hace que por unas horas habiten el mismo tiempo, los encuentra con las defensas agotadas y en ropa de cama. Tan cercano parece todo, tan definitivo y consistente que el acorralamiento toma situación.
Se construyen con las cosas que se han contado, con las imágenes que se han hecho del otro y con la fuerza irrefrenable de la fantasía.
La pared está cerca, la tiene en la espalda y el frío no respeta ensueños. Está tan próximo que lo huele y él se deja.
Resulta que su olor anula su cerebro y puede sentir, sin más. La piel suave, viva, caliente hace que sus prejuicios, uno por uno, vayan ardiendo.
Él, inteligente, aguanta estoico el tenerla tan próxima. Sabe que es crucial que sea ella la que avance.
Al tenerlo cerca, los ojos en pregunta, se acerca a uno de sus brazos, el que roza su oreja y se hace acariciar.
Su cara se escurre por el brazo en tobogán que la mantiene contra la pared. Sigue su ruta por el cuello, hasta llegar a la rotonda de su pera.
Los brazos tensos, al lado del cuerpo, se relajan. Una de las manos se levanta y toca apenas el costado del pantalón. Cuando llega al cinto, dobla hasta alcanzar la cintura. Se detiene en el valle donde se divide la espalda y encuentra que ese espacio es tan pronunciado como el huequito que se forma entre su nariz y el labio, y le encanta. A medida que los dedos suben, el cuerpo de él se va aflojando. Los brazos rígidos de a poco se vencen y la distancia cada vez existe menos.
La mano de ella ya está en la base de su cuello. Hasta ahora, las yemas han sido ojos. Sus palmas aún no lo conocen.
Todo movimiento está destinado a acortar la distancia. Si acerca su boca, estará medio centímetro más cerca. Si aplana su mano, otro medio. Si mete los dedos en su pelo, más cerca.
Ella lo examina como si estuviera descubriendo una criatura que nunca ha visto antes y besa lo que ha quedado a su alcance. Hay cambio de aires y la tensión deviene en beso como un preestreno de las cosas que van a suceder.
El color de su piel se confunde con la pared y por momentos su panza es esquina y su espalda, solapa, y con el nudo de ganas enredado entre las manos, los dos, se pierden.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO VI
CAPÍTULOS
I, II, III, IV, V
La cosa se presenta inabarcable y le entra miedo. Miedo a repetirse, a la palabra fácil, la frase corta, el beso enano.
Le agarra el vértigo de lo que genera y miedo, más miedo a que la necesiten.
La primera vez que se alejaron de ella supo acompañar la decisión con lo mejor de sí, entrecortando el aliento y con sinceros deseos de prosperidad. Sin embargo, el tiempo le dió la razón, esa que cuando se olvida que la tiene, la pierde.
La intuición le ha sido dada. Sin embargo, nunca deja que sea su única guía, aunque ha podido aprender que siempre será su mejor compañera y que es distancia, a la larga, lo único que tiene.
El primero que se fue, le dio la vida. Desde chica lo vio ir y volver hasta que ya no volvió. Ella fue a su encuentro para descubrir que poco quedaba de eso que se fue borroneando con los kilómetros. Sin embargo, se abrió a la posibilidad de recuperar lo que alguna vez hubo y dibujar de nuevo, pero mal le fue en ese camino en el que no había retorno.
Está en un momento de libertad soñada y desea sentirse adulta en el mundo nuevo que se le presenta. La estabilidad es lo que más desea y volver a querer así le parece inabarcable.
Estuvo siempre disponible a los demás y abrazó con aventura las pasiones que generaba. Aunque de un tiempo a esta parte siente que la predisposición y el amor incondicional que siente hacia prácticamente todo lo que de indicios de vida, no es algo con lo que pueda continuar.
Le gusta, claro que le gusta, ser la que rescata corazones en pena. Se le da más que bien salvar vidas y recuperar almas, pero cada día se siente más cerca del lirismo que de la lira.
Es un gran peso para ese cuerpo transatlántico sentir que tanto depende de ella y este, tema lo que tema, se le presenta como un nuevo riesgo.
Lo piensa, lo imagina, hasta llega a sentir su lengua áspera de dedos amarillos descansando cerca de ella. Otra vez la almohada emula un cuerpo caliente entre la espalda y la pared.
Le gusta su tono, su boca, su nariz. Disfruta como pocas cosas su rutina y descripciones y quiere más imagenes para poder esbozarlo. No sabe su altura ni sus dimensiones pero sus hombros parecen delineado por una vara de madera y lo intuye resistente.
Él parece leer el pasado como restos de un banquete que otro disfrutó. Mientras, en el mar inagotable que parece cada día con su noche, se fuma las horas hasta hacerlas desaparecer.
Una vez la soñó estatua. Otra, porcelana. Varias veces desnuda, por partes. En primeros planos, despacio, a media luz.
Cuando la tiene cerca, que es cuando ella elige contarle cosas, él no escucha. Le interesa sólo disfrutar su presencia. A veces se impacienta con lo poco que tiene de ella pero es con poco, en realidad, con lo que se conforma.
Ella no quiere ser combustible de nadie. A veces fantasea con irse, de nuevo, a otro sitio donde nadie la necesite. Ser anónima y libre. Un organismo desafectado y autosuficiente.
Ante su resistencia, arrebatado, la agarra fuerte y, en algo que suena más a amenaza que a promesa, se lo dice. La sola idea de que cruce el mar por ella la estremece y sale corriendo con tan mala suerte que se tropieza y ahí queda, cinco horas tarde de su madrugada, a 10.000 kilómetros de su cama, a escasos metros de su oportunidad.
Arrinconada, él la fuerza a decidirse. La pared está cerca, la tiene en la espalda y el frio no respeta ensueños. Está tan próximo que lo huele. Él se deja.
Cigarrillo, calle, arrebato, fiebre componen su fragancia que se le mete dentro y la debilita y por primera vez, en todos sus encuentros, ella lo toca.
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ARIA DEL DESVELADO: CAPÍTULO V
Agradece el silencio de la noche.
Hace varios días que no se siente ella misma y esa noche es la primera que comparten sin los vapores del amor.
Con su humanidad a cuesta, sus ojeras y cavilaciones, se muestra tal cual. Aunque la ciclotimia no la caraceriza, hay días en que se le nublan los ojos y todo lo que se suele ver, desaparece.
Podría haberle dicho no, esta noche no pero sí. Él tranquilo, sentado a la mesa de su departamento que siempre parece sin terminar. Cajas con cosas, cubiertos aún empacados, valijas con ropa, olor a pintura. Ella en su cama. La misma pared, la misma luz artificial.
Le pregunta qué tal tu día. Recién llego. Tengo aún la campera puesta pero no te quería hacer esperar. Qué tal el tuyo. Largo y pesado.
Ella siente una gran atracción hacia esa criatura triste que parece haber encontrado algo especial en ella. No le cuesta creerlo, sin embargo. No es la primera vez que alguien se enamora a la distancia, sin remedio, adrenalínamente, desaforadamente, apabullantemente.
Las grandes demostraciones de amor no le afectan. Los grandes artilugios, en su experiencia, conllevan mayores desiluciones.
Recuerda a ese amante con el que soñó largos meses. Tanta espera, regocijos, caramelos para que a la hora del amor su mermelada se transformara en una jalea insulsa sin antes ni después. La irrelevancia le significaría la peor condena. Y eso le pasó. El amante esperado como entró, salió.
Ella está triste. Suele pasar. Uno se calma, el otro se agota. Cínica mecánica de las relaciones de a dos. Equilibrio cruel, envejecimiento prematuro.
Él quiere contarle tantas cosas. Que sus ojos son de agua de nuevo, que se sacudió las cenizas hechas chispas, de nuevo; que vio la mañana a la mañana y a la noche llegar pero no dice nada. Sería tan inapropiado contarle los opuestos. Tan desatinado mostrarle lo que ha hecho con ella dentro de sí y se pregunta si no será él el causante de tanta opacidad.
Su tristeza sobrepasa todo lo que él conoce de ella. No podría explicarle en las dos o tres horas que comparten por noche tan añejas penas. Él no entiende. Ella existe desde hace tan poco para él que no logra deducir lo que la precede.
Se conocieron un día insólito, cercano, en una coincidencia.
La plaza, con todas sus imagenes, se le vinieron encima. A él, desde la ventana del frente.
La plaza, con todas sus imagenes, se le vinieron encima. A ella, que alguna vez pasó por ahi cada día. Él miró la fuente seca en el mismo momento en el que ella soñaba, a diez mil kilómetros, que se mojaba en ese verde infancia, que metía los pies mientras veía el palacio iluminado y se cruzaron. Desde ese día comparten postales. Él le cuenta sobre la vida allá y ella escucha, imagina y extraña. Ella le comparte lo que recuerda y crecen las ganas de volver. A ver, a sentir cómo era en su lugar y a comprobar si todavía pertenece.
Tienen un trato implícito. Él habla. Ella procesa y crea. Él se desvela. Ella lo agarra de la mano, con sus cinco horas de diferencia, y lo quiere cada día más.
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